4th Sunday Of Lent
The Father is not waiting with crossed arms—He is watching, longing, ready to run toward us. “While he was still a long way off, his father caught sight of him and was filled with compassion” (Luke 15:20). This is the heart of God: not condemnation, but pursuit. And yet, do we share in the Father’s burden? Do we desire the return of the lost as He does?
We have received Christ. We know His mercy. But instead of going out to seek, how often do we stand back, frustrated that so many are coming home? Like the laborers in the vineyard who grumbled when the last received the same wage as the first (Matthew 20:1-16), we can let resentment creep in where there should be rejoicing. The mercy of God is not a transaction—it is an invitation. Are we stepping into it?
This is an anointed season. The Lord calls us to a poverty of spirit that makes room for more of Him. When we empty ourselves—of judgment, of self-righteousness, of the desire to control grace—He fills us. Will we let our hearts be set on fire for the lost? Will we choose to rejoice in what God is doing, rather than resist it?
Reflection Questions:
Do I rejoice in God’s mercy, or do I resist it when it feels unfair?
How is the Lord inviting me to share in His pursuit of the lost?
Am I willing to empty myself so He can fill me?
Español
El Padre no está esperando con los brazos cruzados; Él está mirando, anhelando, listo para correr hacia nosotros. “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se compadeció de él” (Lucas 15:20). Este es el corazón de Dios: no condena sino que busca. Y sin embargo, ¿Compartimos la carga del Padre? ¿Deseamos el regreso de los perdidos como Él lo hace?
Hemos recibido a Cristo. Conocemos Su misericordia. Pero, en lugar de salir a buscar, ¿Cuántas veces nos quedamos atrás, frustrados porque tantos están regresando a casa? Como los trabajadores de la viña que se quejaron cuando los últimos recibieron el mismo salario que los primeros (Mateo 20:1-16), podemos dejar que el resentimiento cresca donde debería reinar la alegría. La misericordia de Dios no es transaccional; es una invitación. ¿La estamos aceptando?
Este es un tiempo de gracia. El Señor nos llama a una pobreza de espíritu que haga espacio para más de Él. Cuando nos vaciamos—de juicio, de autosuficiencia, del deseo de controlar la gracia—Él nos llena. ¿Permitiremos que nuestros corazones ardan por los perdidos? ¿Elegiremos regocijarnos en lo que Dios está haciendo, en lugar de resistirlo?
Preguntas de reflexión:
¿Me regocijo en la misericordia de Dios o la resisto cuando me parece injusta?
¿Cómo me está invitando el Señor a compartir Su búsqueda de los perdidos?
¿Estoy dispuesto a vaciarme para que Él me llene?