5th Sunday in Ordinary Time
The Gospel invites each of us to a shared vocation: to bear witness to the truth of Christ’s life, death, and resurrection. This mission isn’t reserved for a select few but entrusted to all of us, regardless of our past or current struggles. As St. Paul writes, “By the grace of God, I am what I am, and His grace to me has not been ineffective” (1 Corinthians 15:10). Grace doesn’t ignore our weaknesses—it transforms them, making us vessels of His mercy and truth.
Being a witness to Christ isn’t about being perfect—it’s about being open to His grace, which works through us despite our imperfections. Think of Peter, who denied Christ, or Paul, once a persecutor of Christians. Both were called by God, not because of their perfection, but because of His merciful grace. God doesn’t wait for us to be flawless before calling us to testify to His love. Instead, He calls us in the midst of our mess, knowing that His grace is sufficient to transform us.
Jesus appeared to over 500 witnesses after His resurrection, urging them to testify to the truth they had seen and experienced. This same truth is alive today, and the grace that worked in the lives of Peter and Paul continues to work in us. The question isn’t whether we are ready, but whether we will respond. Will we cling to the grace that has been poured out for us and allow it to transform our lives?
In the everyday realities of life—work, family, friendships—how can you witness to God’s grace? The grace of Jesus Christ is not ineffective—it equips us to live out our mission, right where we are.
What areas of your life are you allowing God’s grace to transform, even if you don’t feel “worthy”?
How can you respond to the call to witness Christ’s love and redemption in your everyday actions?
Español
El Evangelio nos invita a todos a una vocación compartida: dar testimonio de la verdad de la vida, muerte y resurrección de Cristo. Esta misión no está reservada para unos pocos elegidos, sino que se nos ha confiado a todos, sin importar nuestro pasado o nuestras luchas actuales. Como escribe San Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mí” (1 Corintios 15:10). La gracia no ignora nuestras debilidades; las transforma, haciéndonos vehículos de su misericordia y verdad.
Ser testigo de Cristo no significa ser perfecto, sino estar abierto a su gracia, que actúa en nosotros a pesar de nuestras imperfecciones. Pensemos en Pedro, quien negó a Cristo, o en Pablo, quien fue perseguidor de Cristianos. Ambos fueron llamados por Dios, no por su perfección, sino por su gracia misericordiosa. Dios no espera que seamos perfectos antes de llamarnos a testificar su amor. En cambio, nos llama en medio de nuestro desorden, sabiendo que su gracia es suficiente para transformarnos.
Jesús se apareció a más de 500 testigos después de su resurrección, insitándolos a dar testimonio de la verdad que habían visto y experimentado. Esa misma verdad sigue viva hoy, y la gracia que obró en las vidas de Pedro y Pablo continúa actuando en nosotros. La pregunta no es si estamos listos, sino si responderemos. ¿Nos aferramos a la gracia que se nos ha derramado y permitimos que transforme nuestras vidas?
En las realidades cotidianas de la vida—el trabajo, la familia, las amistades—¿Cómo puedes dar testimonio de la gracia de Dios? La gracia de Jesucristo no es ineficaz; nos capacita para vivir nuestra misión, justo donde estamos.
¿Qué áreas de tu vida estás permitiendo que la gracia de Dios transforme, incluso si no te sientes "digno"?
¿Cómo puedes responder al llamado de ser testigo del amor y la redención de Cristo en tus acciones diarias?